El vino

Lo primero que tenemos que distinguir del vino con respecto a otras bebidas es que está vivo. Sí, aunque no lo parezca, tiene un ciclo de vida como los humanos, ¿y por qué digo esto?
Desde que se recogen los racimos de uva en el viñedo, hasta que queda avinagrado, durante todo ese tiempo padece de los mismos ciclos que nosotros, los humanos.
Como en cualquier nacimiento, esperado o no, se tienen ciertos recaudos. Lo mismo pasa con las uvas a las cuales se les dan los cuidados necesarios para que el vino sea de la calidad esperada y goce de buena salud.
Una vez que creemos que las uvas están en el momento justo, las llevamos a la bodega donde son seleccionadas las mejores. Allí se prensan para quitarles todo el jugo que pronto será vino. De esa forma llegamos al parto. Terminó el embarazo.
Durante este tiempo le vamos a dar forma a esos jugos pasándolos a tanques de acero inoxidable, piletones o finalmente barricas.
Esto equivaldría a nuestros primeros pasos. Sería algo así, como la infancia “vivida” dentro de la botella. Allí mismo comienza su etapa de juventud. Más tarde, cuando la bodega decide ponerlo a la venta, es porque se supone que terminó su adolescencia y que comenzará su período de madurez que la instalará en una meseta hasta llegar a la vejez y al final de su vida.
Esto lo diferencia de las demás bebidas ya que nos da la opción de probar y recibir diferentes sensaciones, especialmente para apreciar su evolución hasta el punto máximo de madurez y, finalmente, su decadencia.
Para mí el hecho de descubrir un nuevo vino que me guste y acompañarlo a lo largo de su vida es una gran aventura. Igual que presenciar el crecimiento de un hijo y ver en lo que se convierte.
Hasta la próxima cena o botella.

Samuel Julio Hirsch
El Espíritu, el vino de la tierra,
busca en cada vasija al propio dueño,
queriendo ansioso revivir su ensueño
al contacto del vaso que lo encierra
Omar Khayyam 1040 – 1121

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